domingo, 1 de septiembre de 2013

OUIJA



Hace mucho tiempo que callo algo. De hecho, todavía dudo si hacerlo público o seguir callando. Pero los hechos de ayer, hacen que sea imposible que siga aguantando este silencio. Tengo que contaros una historia de terror. Tengo que contaros lo que me pasó hace unos años, y cuya historia no me deja dormir desde entonces. En ocasiones olvido lo que comí el día de antes, o el nombre de alguien no muy cercano a mí; pero aquel suceso no puedo olvidarlo. Lo recuerdo con nitidez noche tras noche, en los sueños; porque uno no es dueño de sus sueños; y lo malo, es que ahora empiezo a soñar despierto. Me viene aquella noche, una y otra vez a la mente. Recuerdo con total nitidez las caras de terror en mis amigos. Por ello me he decidido por escribirlo hoy aquí, por si hay otras personas a las que les haya ocurrido algo parecido y todavía callan. Tengo la esperanza de que al escribirlo quede liberado de mis pensamientos.

Hace 8 años, cuando todavía era un chaval de 18 años, junto a 3 amigos, hicimos algo espeluznante. Llevábamos mucho tiempo viendo películas de miedo y los fantasmas y la ouija estaban de moda. Una noche nos juntamos los 4. Érika, una amiga y compañera de clase desde los 4 años, con la que compartía gran cantidad de buenos momentos; Rubén, el novio de Érika y mi mejor amigo hasta el momento; y por último Cristina, una gran amiga y compañera de las mejores fiestas.

La cuestión es que nos juntamos los 4 para hacer una sesión de ouija, beber cerveza y pasar una noche de risas. Como en todas las películas de miedo que habíamos visto, solo teníamos que elegir un escenario siniestro. Así pues, decidimos ir a una gran casa que tengo en un pueblo de interior, medio abandonada, pues hace años la usábamos en mi familia para ir a veranear, pero ya hace unos cuantos que está totalmente deshabitada.

Para que os hagáis una rápida idea de cómo es la casa os haré una breve descripción. Está situada un poco apartada del pueblo, en una carretera nacional. Externamente es toda de piedra. Se accede por unas escaleras al porche y dentro queda a la derecha la cocina y el baño, en frente el comedor desde el cual se sube a la segunda planta, y a la izquierda queda la salita, la cual en el fondo tiene una puerta que da a una habitación. En aquel momento, en la habitación no había nada más que un gran armario ropero.

Fuimos en un atardecer de otoño, después de una hora de camino en coche por una carretera llena de curvas y altos pinos. Una vez llegamos, lo primero que hicimos fue encender la chimenea que hay en la salita. Cerramos la puerta de la salita y de la habitación para que las llamas quitaran aquella capa de humedad y frío que envolvía a la casa después de tantos años deshabitada. Abrimos las cervezas y empezamos a beber, mientras que contábamos historias que habíamos oído de como se hacía la ouija, de situaciones extrañas, de invocaciones y posesiones espirituales. Más o menos sabíamos lo que teníamos que hacer, pero nunca lo habíamos hecho.

Estuvimos riendo con esas historias junto a las llamas. Nos divertimos un buen rato, buscando la parte de mentira en cada historia que habíamos oído. Fuera el tiempo era un poco caótico, había una gran tormenta y la lluvia no dejaba de azotar las viejas persianas, emitiendo un continuo ruido de fondo. La noche perfecta para hacer una ouija.

Cogimos un cuadro que había en la casa, le dimos la vuelta y dibujamos lo típico. Dibujamos todas las letras del abecedario y los números del 0 al 9 en círculo, alrededor del símbolo de la estrella de cinco puntas. A cada lado de la estrella escribimos las palabras sí y no. En una esquina la palabra dentro, y en la opuesta la palabra fuera.

Así pues, después de dos cervezas cada uno y unas buenas historias de miedo de lo que le había sucedido a la amiga, de una amiga de la prima de no sé quien, empezamos con nuestro juego.

Echamos más leña al fuego, nos sentamos en la mesa del comedor, pusimos el tablero y un vaso de chupito, para usarlo como marcador. Todos pusimos el dedo en el vaso boca abajo y nos concentramos. Yo no paraba de pensar que era imposible que ese vaso se fuese a mover, pero a los dos minutos el vaso se empezó a mover. Me llevé un pequeño sobresalto, pero pronto entendí la realidad de aquel movimiento, al ver que Érika se estaba riendo.

Todos soltamos el dedo y comenzamos a reír, más por los nervios de la situación que por otra cosa. Pero aun así, prometimos que no valía moverlo y comenzamos otra vez.

Cerramos los ojos, nos concentramos, o al menos yo, esa vez me lo tomé muy en serio. Tras varios minutos, el vaso se movió. Se deslizó muy suavemente a la palabra “dentro”, parecía que casi levitase, pese a que yo intenté hacer fuerza contra el tablero, creyendo que era Érika de nuevo. Nadie dijo nada, nadie levantó el dedo del vaso, pero todos nos miramos con cara de preocupación. Por alguna extraña sensación, aquel tipo de movimiento, nos estaba queriendo decir, que era imposible que hubiésemos sido alguno de nosotros. Todos notamos aquella energía que movía el vaso, sin necesidad de usar la fuerza. Entonces empecé a sentir un calor que ascendía por mi cuerpo, desde el estómago hasta las sienes. Noté como me palpitaba el pulso, con mucha fuerza en las sienes. Me produjo un pequeño dolor de cabeza, seguido de un pequeño mareo. Sentí que de verdad había alguien más con nosotros. El vaso me tembló un segundo bajo mis dedos. Entonces, me armé de valor, y casi en un susurro tembloroso dije: -¿Hay alguien ahí? El vaso permaneció inmóvil por un minuto y después nos deslizó por el tablero hasta la palabra “SI” Me puse nervioso y no pude continuar, notaba como el corazón me latía con mucha violencia en las sienes. Pero entonces, a  mi derecha preguntó Cristina: -¿Puedes hacer una señal? Y el  vaso se deslizó a la palabra “NO”. Muy decepcionado, enfrente de mí, Rubén dijo: -Vale, venga, quien de vosotros está moviendo el vaso” Y el vaso se movió de nuevo, esta vez a las letras, y tuvimos que prestar mucha atención, pues iba bastante rápido: “R-A-M-O-N*C-U-E-S-T-A”. El vaso esta vez se deslizó y volvió al centro del tablero. Los 4 nos quedamos mirándonos las caras, sin saber bien que hacer o decir. Entonces el vaso se movió de nuevo: L-A*M-O-R-E-N-A*N-O*H-A*P-R-E-G-U-N-T-A-D-O* El vaso se refería a Érika, que estaba a mi izquierda, y por el momento era la única que no había hablado desde que el espíritu había “entrado”. Érika nos miró a todos con cara de miedo, y con un susurro dijo: ¿Qué edad tienes, tenías, o lo que sea? Se precipitó por terminar la pregunta rápido. El vaso siguió con su movimiento: 5-6  Y acto seguido, una enorme llamarada se elevó por encima de los troncos de la chimenea iluminando toda la salita. Con cara de asombro vimos como el vaso comenzaba a moverse, una vez más: A-H-I*T-E-N-E-I-S*V-U-E-S-T-R-A*S-E-Ñ-A-L.

En ese momento sí que sentí de verdad miedo, sin habérselo pedido, ese ser había levantado más de medio metro de fuego. Así que creí que sería mejor terminar la sesión. Si había sido capaz de levantar una llamarada a saber que podría hacer. No sé si conocéis mucho de espíritus. Yo en aquel momento no sabía mucho, pero sí que había oído hablar de dos tipos. Por un lado los espíritus buenos, que van y se entretienen contando todo lo que les preguntas y en cuanto le dices que si se puede cerrar la sesión, dicen que sí y se van (una vez iniciada una sesión, y que haya entrado el espíritu, nadie puede levantar el dedo del vaso ni irse, si el espíritu no quiere cerrar la sesión. Si dejas una sesión abierta el espíritu queda “libre”, no sé muy bien cuál es el termino, pero en conclusión es que de una extraña manera, dejas al espíritu más cerca del mundo de los vivos); y por otro lado están los que se denominan fantasmas burlones; que por lo contrario no se quieren ir ni cerrar las sesiones, y en algunas ocasiones son los protagonistas de todas las historias de miedo que se cuentan.

Después de ver que el que manejaba la situación era ese ser, y no nosotros le hice la última pregunta: ¿Podemos cerrar ya la sesión? Cerré los ojos y recé, recé bien fuerte para que dijera que sí, para que el vaso se deslizase hacia la palabra “SI”, pero el vaso comenzó a moverse en dirección contraria. Miré a mis compañeros, todos con cara de miedo, incluso la tenue luz naranja que levantaba las llamas de la chimenea, me dejaron ver la lágrima que empezó a caer por la cara de Érika.

P-R-E-G-U-N-T-A-D-M-E

Esa palabra me hizo ver que aquel espíritu estaba disfrutando con aquello. Pero no podíamos hacer nada, más que continuar, seguir con aquello hasta que se cansase y decidiese cerrar la ouija. Intenté fingir como si no hubiese pasado nada, y se lo intenté transmitir a mis compañeros con la mirada. Rubén fue el primero que movió la cabeza en señal de asentimiento, luego Cristina. Érika estaba con la cabeza agachada diciendo que no. Rubén, con la mano libre le levantó la barbilla, le miró a los ojos y le lanzó una leve sonrisa. Entonces ella afirmó, no muy convencida del todo con la cabeza; y la volvió a bajar al mismo lugar que la tenía antes.

Decidí volver a preguntar, antes de que se adelantase él: ¿En qué año murió?, el vaso dio dos vueltas en el centro y se fue a los números 1-9-3-3

No había vuelto el vaso al centro, cuando Cristina hizo la siguiente pregunta: ¿En qué trabajaba? Y el vaso hizo lo mismo, dio dos vueltas en el centro y empezó a señalar: M-I-L-I-T-A-R. Y no sé por qué extraña sensación, pero si hubiese dicho herrero o cualquier otro trabajo no me habría preocupado, pero lo de militar, hizo que aumentasen los latidos en mis sienes. Podía notar el hervor de mi sangre, el miedo que sentía por todo mi cuerpo, e incluso el pequeño temblor que sentía, de vez en cuando, desde las piernas, ascendiendo por mi columna hasta el cuello.

Miré a Rubén, movió la cabeza en señal de aprobación y dijo: ¿Tiene familia?, el vaso dio dos vueltas y se puso sobre la palabra “NO”.

Ahora era el turno de Érika, todos la observábamos. Por un momento creí que no iba a decir nada, que las lágrimas no iban a dejarla hablar; e incluso llegue a pensar que iba a levantarse y salir corriendo de la casa. Levantó la cabeza, y con los ojos en lágrimas empezó a hablar sin ocultar el temor en sus palabras: -Por favor, vete, déjanos cerrar, ya nos has asustado bastante. Solo me quiero ir- y con un hilo de voz hizo la pregunta ¿Podemos cerrar la sesión?-

El vaso se puso en el centro, sobre el dibujo de la estrella y esta vez dio 4 vueltas y se dirigió a la palabra “NO”, una vez más no se quería ir. Volvió al centro, y sin nadie decir nada, se dirigió a las letras: N-O-S*V-A-M-O-S*A*D-I-V-E-R-T-I-R.

Érika, bajó la cara, comenzó a sollozar fuerte y entonces dijo algo que cambió nuestra suerte por completo: -No, lárgate, vete de aquí, ¡déjanos en paz!- Su cara llena de lágrimas reflejaba ira.

El vaso se movió, esta vez mucho más rápido, casi nos costaba seguir el ritmo y poder entender lo que ponía: H-E*D-I-C-H-O*Q-U-E* N-O*P-U-T-A

Y de repente, las persianas que estaban medio levantadas, con un fuerte ruido se bajaron de golpe, la chimenea comenzó a arder con más ganas, en un tono azulado, y no sé si fue el pánico o algo real, pero sentí una ligera brisa helada que se movía por detrás de mi espalda.

Los 4 estábamos de nuevo, allí sentados, con el dedo en el vaso, mirándonos. Todos reflejábamos el terror en los ojos. Una vez más sin nadie decir nada el vaso se movió: V-A-M-O-S*A*J-U-G-A-R*A*U-N*J-U-E-G-O

Esta vez las llamas de la chimenea se apagaron, la puerta de la habitación del fondo se abrió lentamente. Todos sentimos salir un aire helado que llegó hasta donde estábamos nosotros y la puerta de la salita se abrió junto a Érika para después cerrarse de un portazo. Todos dimos un salto, Érika incluso gritó. Todos estábamos mirándonos las caras, y de repente Érika comenzó a negar con la cabeza; esta vez las lágrimas salían con rapidez de sus ojos y se deslizaban por sus mejillas. Agachó la cabeza hasta el tablero, y fue cuando todos lo vimos. Érika había levantado el dedo del vaso.

Todos permanecimos inmóviles, no sé cuánto tiempo pasó, y el vaso comenzó a moverse. “P-E-R-F-E-C-T-O”

Érika se llevó rápidamente las manos al regazo, y comenzó a balancearse hacia delante y hacia atrás en la silla. Todos permanecimos inmóviles, con cara de asombro. Érika seguía llorando, y negando con la cabeza.

El vaso comenzó a moverse de nuevo, esta vez, en el centro del tablero, comenzó a seguir las líneas que dibujaban aquella estrella de 5 puntas. Después se fue a las letras: E-R-E-S*M-I*F-A-V-O-R-I-T-A. Se empezaron a escuchar ruidos en la habitación del fondo, como si alguien estuviese tirando una pelota contra el armario. Y el vaso volvió a moverse: V-E*A-L*C-U-A-R-T-O*S-O-L-A.

¡No!- bramó Rubén. Érika seguía sentada, llorando, y mirándose las manos. En su cara se describía una mezcla entre desconcierto y pánico. Rubén le agarró el brazo con su mano libre. El vaso siguió dándonos órdenes: S-U-E-L-T-A-L-A*Y*O-R-D-E-N-A-L-E*Q-U-E*V-A-Y-A*A-L*C-U-A-R-T-O. Estaba claro que aquella frase iba dirigida para Rubén. Nadie se movió, nadie dijo nada, hasta que el vaso siguió: O*V-A*Y* E-S-T-A*H-A-S-T-A*Q-U-E*Y-O*D-I-G-A*O*M-O-R-I-R-E-I-S*T-O-D-O-S.

El pecho se me lleno de aire, el corazón galopaba dentro de mí, buscando la boca para escapar; y aquella incesante brisa helada había conseguido envolver la salita y me tenía al borde del mareo. De reojo pude ver como Cristina miraba fijamente a Érika, y como le comenzaba a caer la primera lágrima. Rubén soltó el brazo de Érika y la miró fijamente. Érika miraba a Cristina. Y antes de decir nada el vaso siguió su ritmo: E-N-T-R-A*O*S-A-L-G-O. Y todas las figuras que había en el mueble, justo detrás de mí, cayeron al suelo, haciéndose añicos y levantando un gran estruendo. Rubén suspiró, miró los ojos de Érika, y con la mano libre, de nuevo en la barbilla le dijo: -¡Entra! Nosotros estaremos aquí, a dos pasos, si necesitas algo chilla, y mandaremos todo a la mierda, pero entraré a por ti. Te lo prometo. Te amo.

Érika se levantó temblorosa, dedicándonos una mirada de pánico a cada uno de nosotros y se dirigió despacio, y apoyándose en los sofás, hacia la habitación. Su imagen desapareció en la oscuridad de la habitación, y de golpe la puerta se cerró de un portazo. Temiendo que Rubén se levantase y soltara el dedo, grité: ¡No!, tranquilo, no le puede hacer nada. Pero no sonó muy convincente, después de ver todo lo que había hecho, no era muy seguro que no pudiese hacer nada aquel ser.

Estuvimos más de 40 minutos aguantándonos las miradas, con el dedo en el vaso; hasta que Cristina rompió el silencio: - ¿Qué le estás haciendo?

Permanecimos otros 10 minutos y no hubo respuesta.

Cristina le volvió a hacer la misma pregunta, pero de nuevo, tras pasar 5 minutos no tuvimos ninguna respuesta.

Entonces le pregunté yo: ¿Podemos cerrar la sesión?

Pasaron 5 minutos y todavía no obtuvimos respuesta. Entonces empezamos a escuchar dentro de la habitación en la que se encontraba a oscuras Érika, los mismos ruidos que habíamos escuchado antes, como si hubiese alguien dando golpes con una pelota en el armario. Y el vaso comenzó a moverse debajo de nuestros dedos. Estaba sobre el dibujo de la estrella, y una vez más comenzó a seguir sus líneas, dibujándola.

-4 veces, la ha dibujado 4 veces- dijo Cristina- ¿Una por cada uno, Ramón?

El vaso se movió a la palabra “SI”. Desde la mesa escuchamos un fuerte ruido en la habitación, como una pequeña explosión. Todos giramos la cabeza. Atónitos, desde fuera, no sabíamos qué había pasado y no era el mejor momento para imaginar. Bajo nuestros dedos el vaso comenzó a vibrar, noté como empezaba a levantarse unos centímetros del tablero, dibujó de nuevo 4 veces la estrella de cinco puntas y entonces estalló en mil pedazos. Volvimos a mirarnos las caras rápidamente. Rubén saltó hacia la habitación, pero antes de llegar, la puerta se abrió, y Érika salió corriendo, sin mirar a nadie, corrió hacia la calle. Abrió la puerta del porche, bajó las escaleras y salió a la carretera. Nosotros salimos detrás, intentamos seguirla, y lo vimos. Vimos como aquel enorme camión la atropelló cuando se lanzó a la carretera.

Me giré y vi la cara de descomposición que tenía Rubén. Los dos salimos corriendo a por ella. Estaba en el suelo, tirada, con los ojos enfocando al infinito. Sangraba por la nariz, por la boca e incluso por uno de los oídos. Tenía la ropa hecha girones. El conductor del camión paró unos metros más adelante. Salió bajo la lluvia que caía y nos empapaba y nos dijo: -¡Se ha tirado, se ha lanzado ella!- El pobre no daba crédito a lo que había ocurrido.

Desde el porche, Cristina ya estaba con el móvil llamando a una ambulancia. Pude ver su cara de asombro. Se puso la mano en la boca mientras hablaba con emergencias, y después señaló hacia la ventana de la salita que daba al porche. Fuese lo que fuese aquella cosa, ahora había levantado las persianas, y se veía chisporrotear las llamas en la chimenea a través de la ventana. Aquella cosa había hecho lo que quería con nosotros, se había burlado, y ahora todo parecía normal.

La ambulancia se llevó a Érika sin todavía responder. Nosotros entramos, apagamos la chimenea, colgamos el cuadro que habíamos usado de tablero en su sitio, y nos montamos en el coche. Ninguno tuvo el valor de entrar a aquella habitación, por si había alguna señal de lo que aquella cosa le había hecho a Érika.

Cuando llegamos al hospital ya estaban los padres de ella. El médico nos dijo que estaba en coma, y que no sabía si se iba a despertar alguna vez.

Al cabo de una semana volví. Érika ya se había despertado, pero el resultado era muy doloroso. Estaba en aquella cama de hospital, tumbada, conectada a varias máquinas, y solo podía mover los ojos. Los médicos dijeron que aquel atropello la había dejado tetrapléjica y muda. Nosotros no sabíamos si aquello se debía al atropello o también tenía algo que ver con lo que había pasado en aquella habitación. Ninguno hablamos del tema. Con el tiempo dejé de ir al hospital a verla, también dejé de hablarme con Rubén, y por último, tras empezar la universidad, terminé de alejarme de Cristina.

Ayer tuve un mal, día. Uno de esos días de melancolía. Encontré una foto de los 4, de un verano en la playa. Comencé a recordar los buenos tiempos. Una extraña sensación me invadió y fui al centro de enfermos terminales y de tratamiento especial en el que había escuchado que estaba Érika. La enfermera me condujo a la habitación. Por lo visto hacía ya meses que ni siquiera era capaz de abrir los ojos. Se había quedado vegetal. Me puse al lado de su cama, con mis brazos al lado del cuerpo. Con los ojos llenos de lágrimas comencé a hablarle. Le dije lo mucho que sentía todo, que sentía aquella estúpida ouija, que sentía haberla dejado entrar sola en la habitación, y que sentía que el tiempo me hubiese alejado de ella.

Entonces, su fría mano me agarro con fuerza del brazo. Me agarró con tanta fuerza que me hizo sentir el helor hasta el hueso. Le miré y vi que tenía los ojos abiertos. Pero no tenían su color chocolate. Ahora tenía los ojos de un color ambarino, que oscilaba a rojo, y toda la esclerótica llena de venas rojas. Me miraban con rabia. Solté como pude la mano de mi brazo y me abalancé hacia el pasillo. Salí corriendo, y escuche desde el fondo a la enfermera preguntándome que si ya había terminado con la visita. Me monté en el coche, apoyé la espalda con fuerza en el asiento. Me di cuenta que me estaba agarrando con la otra mano donde ella me había apretado. Levanté la mano y vi que debajo tenía la marca de su mano en un tono grisáceo (como una quemadura por congelación). Entonces lo comprendí, aquella no era Érika, aquello era Ramón Cuesta.

Esta es toda mi historia. Esta noche he vuelto a no dormir. No sé a quién recurrir, con quien hablarlo, no sé si contándoselo a Rubén o a Cristina llegaré a conseguir algo. No sé lo que verdaderamente ha ocurrido, ni siquiera donde está ahora Érika, si verdaderamente aquel es Ramón Cuesta. Solo sé que tengo miedo, y necesitaba contarlo.


F.B.